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Los orígenes del Real Monasterio de Oia no están demasiado claros, la comunidad de historiadores fecha su inicio a partir del primer documento escrito conocido del año 1.137, donde Alfonso VII dona la Ermita de San Cosme a los monjes.

En sus inicios los monjes de Oia eran benedictinos de hábito negro y se entiende que todo comenzó en una comunidad de ermitaños.

De todas formas lo que si sabemos con certeza es la llegada de la reforma del Cister a Galicia en el siglo XII (Oia se adherirá en el año 1.185), en este momento abandonamos las dudas y comienza a surgir toda una serie de documentación en la que el Monasterio se revelará como un gran centro de poder en la zona del Valle del Miño, Miñor y alrededores, llegando incluso a gran parte del Norte de Portugal y contando con la importancia del puerto de Bayona que durante algún tiempo estuvo bajo su poder.

Los monjes cistercienses de Oia (llamados también monjes blancos por el color de sus hábitos) convirtieron una comarca improductiva y hostil en una zona de renovada riqueza. Sus aportaciones perduran hasta nuestros días, por ejemplo su dedicación a la cría del ganado caballar ha dado origen a los famosos curros o el cultivo de la vid que ha derivado en los exquisitos caldos que podemos degustar hoy en día en la comarca del Val Miñor. También hay que recalcar su labor en la introducción de los productos alimentarios procedentes de América como el maíz o el tomate.

El Monasterio de Oia repoblará comarcas deprimidas transformándolas en pequeños núcleos de población, donde también hará posible la apertura de caminos y el sostenimiento así de diversas parroquias. Además también eran los encargados de mantener las baterías militares defensoras de la costa, todo esto sumado a la acción religiosa y cultural que llevaban a cabo en iglesias y escuelas da fe de los títulos recibidos por parte de la monarquía española: Real e Imperial Monasterio de Oia.

La proximidad del Monasterio al mar es un signo distintivo de Oia, ningún otro Monasterio de la Orden del Císter se encuentra tan cerca. La cala que se sitúa frente al edificio era frecuentemente usada como refugio, de hecho era el único abrigo que ofrecía la costa para las embarcaciones que zarpaban de Baiona, principal puerto de llegada desde América al Norte de España.

Una de las historias más recordadas sucede en 1625: tres embarcaciones cristianas, dos portuguesas y otra francesa fueron perseguidas y atacadas por piratas moros, habituales saqueadores marítimos en aquellos tiempos. Las naves no ven donde refugiarse sino en la pequeña bahía de Oia. Los monjes y una batería de soldados que habitaba el Monasterio, debido a su reconocimiento como Plaza Fuerteestaban obligados a defender la costa y sabemos también que en las ocasiones más cruciales se requería la ayuda de los propios vecinos.

Una de las leyendas más famosas que se relatan de aquel ataque se refiere a uno de los monjes que había sido capitán en los Tercios de Flandes, Fray Anselmo. Este cargó una libra de pólvora y disparó gritando “¡En nombre de Santa María del Mar!”. Con este disparo se cuenta que hundió la mejor nao de los moros.

Este hecho llegó incluso a oídos del rey Felipe IV que felicitó y premió la actuación de los monjes y de la villa de Oia. En este momento la leyenda cobra tintes de realidad al comprobar el acta notarial levantada por Lorenzo del Castillo (“El Monasterio de Oia y sus Abades” F. Damián Yáñez Neira.)